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La agresividad es cualquier forma de conducta que pretende herir física o psicológicamente a una persona, animal u objeto. Como factor de comportamiento, se considera que la agresividad supone un estado de adaptación que responde a necesidades vitales, protegiendo la supervivencia de la especie, pero en estos casos no es necesaria la destrucción del adversario.

Puede igualmente servir para coaccionar e influir en la conducta de otras personas con el fin de demostrar poder. Una persona agresiva se impone en todos los aspectos, en su definición de los problemas, en sus derechos o sus necesidades, o en cómo se deben realizar las cosas, usando estrategias que generan miedo, culpa o vergüenza. Existen una serie de factores que inciden en la agresión, como es la frustración, la provocación, la exposición a los medios de comunicación, la activación o excitación emocional, los celos, los problemas familiares y sociales, la adicción a sustancias o los cambios emocionales del individuo.

La agresividad puede presentarse en niveles patológicos que pueden generar comportamientos delictivos, pues puede ser autodestructiva, y genera diversos problemas sociales y de salud tanto en la propia persona agresiva como en las personas de su entorno. Los niveles de ansiedad aumentan ante la impotencia de no poder enfrentarse a la persona agresiva, lo que conlleva sentimientos de inferioridad e incluso estados depresivos. Igualmente, como respuesta a una agresión puede surgir agresividad en la misma determinación. En cuanto al agresor, el sentimiento de poder y control supone un aprendizaje condicionado que puede suponer un medio de uso nuevamente de la agresividad, sobregeneralizando sus conductas.

La sensación de poder genera pensamientos cognitivos distorsionados sobre el funcionamiento propio y de los demás, provocando altos niveles de estrés y ansiedad cuando se observa que no se cumplen sus normativas. En muchos casos, la agresividad continua termina por descontrolarse, al aumentar los ámbitos de uso de la misma. Es entonces cuando se convierte en agresividad patológica no adaptativa, necesaria de tratamiento especializado. El tratamiento cognitivo – conductual ha demostrado científicamente su fiabilidad y validez en el trabajo sobre este trastorno.

El uso del método catártico, el análisis de las distorsiones cognitivas, con aprendizaje de control cognitivo en las intervenciones agresivas, la preatribución, o el entrenamiento en habilidades sociales positivas suponen una mejora en las conductas desadaptativas de estos pacientes, mejorando en su calidad de vida en todas las esferas de la misma.

El Centro Valle del Tiétar pone a su disposición tratamientos contra la agresividad de carácter personalizado, ayudándole a manejar estas respuestas. Además, ofrecemos ayuda judicial para aquellas personas que así lo requieran. En el teléfono 918644181 le ofreceremos toda la información necesaria. En la primera consulta gratuita se le informará del mejor tratamiento a llevar a cabo.